Es sin duda la aportación mágica de la zona. Cabezas de
dragón, lagartos y guerreros observan desde lo alto de esta cumbre. Sus
escultores han sido el aire, el agua y el sol a lo largo de los siglos. La
leyenda también acompaña a este vértice montañoso y
a su paisaje. Es uno de los pocos coscojares que quedan en nuestra tierra,
donde el espíritu de Bécquer y la Leyenda de la Cueva de la Mora
se aderezan con un sinfín de aromas, como el de las jaras, las coscojas,
las espíreas, las lavandas, los tomillares y los romeros.
